Elecciones: Un soñado estado de bienestar.

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Una vez más se acerca la hora de elegir a nuestros futuros gobernantes. Decir de cualquier programa que es mejor que otro no serviría sino para tratar de convencer a quienes no tienen nada claro en sus vidas. Ningún programa llega a responder totalmente a nuestras esperanzas de una vida justa. Al final se trata de manejar fondos públicos inclinando la balanza hacia todos aquellos aspectos que darán más votos, sin valorar que lo que nos da mayor calidad de vida no es ni siquiera el progreso material o social, sino vivir en paz. Es ésta la que trae lo primero. Se vive más en paz cuanto más se acercan esas ofertas programáticas de los partidos políticos a nuestra propia manera de pensar.

Es un buen momento para reflexionar si lo que votamos coincide o al menos se acerca a esa vida interior. De no ser así estaremos deseando una cosa y peleando por otra bien distinta. La única consulta que deberíamos hacer sería a nuestro corazón y ver si lo que hacemos coincide con lo que consideramos justo y por verdad lo deseamos.

El mejor consejo nos lo podría dar quien mejor nos conoce y no los medios que tratan hasta el último minuto de manipular nuestra voluntad. Unas veces diciendo que ya que el adversario va a ganar ¿para qué me voy a molestar en ir a votar? Otras, porque ya que mi equipo va a ganar no hace ni falta que yo vaya a colaborar. Total, ¿un voto más o uno menos? Esta no debe ser la actitud ante unas elecciones en las que nos jugamos el futuro de una sociedad que trata de ser cada día más justa. Pero que, sin embargo, no parece que vayamos por buen camino. Cada día tenemos más impuestos, cada día tenemos menos defensas frente a los poderosos y no avanzamos el ritmo que desearía cualquier familia de cara a reducir el nivel de preocupación por el futuro de nuestras vidas y las de nuestros hijos.

Hay, como se ha dicho antes, muchos elementos mediáticos que pueden influir en nuestra decisión final e inclinarnos a votar opciones que no se corresponden con nuestra personalidad ni nuestra manera de pensar y ver las cosas.

Es necesario conocer los programas y sus valores y hasta los posibles enemigos que cada uno incluye gratuitamente. Pero así se montan a veces los grandes éxitos de los partidos políticos. A base de desprestigio del adversario en lugar de construir con lo mejor que tenemos y podemos ofrecer, siempre bajo la perspectiva y el respeto de que vamos a manejar lo que no es nuestro, sino que viene del ciudadano y al ciudadano debe revertir de manera equitativa cualquiera que sea su condición. No podremos avanzar mientras no vivamos en paz.

Es preciso conocer también  a las personas que se ponen al frente, que sean íntegros y fuertes. Que no sean personas que puedan caer fácilmente ante la amenaza de la corrupción. Porque las ocasiones y la posibilidad de hacer lo que no se debe siempre va a existir, sobre todo cuando se está en el poder.

La mejor opción política debe ser inclusiva e integradora y no excluir a nadie, ni siquiera a los concebidos aún no nacidos. Y, por supuesto, a los emigrantes que no se mudan porque odien su tierra sino porque necesitan un trabajo y recursos para mantener a sus familias dignamente, ni a las prostitutas que venden su cuerpo cuando no tienen nada más que ofrecer y que la mayoría de las veces viven bajo el yugo de las mafias, ni a los presos que necesitan rehabilitación y no siempre son culpables, aunque puedan ser responsables. Debe evitar la marginación y los barrios que funcionan como guetos que navegan a la deriva y donde es difícil mantener la esperanza de alcanzar una vida digna y de orden. Debe ayudar a quién de verdad lo necesita y lo merece y no a quien falsea la realidad. Debe velar por las viudas, por los huérfanos, por los enfermos, por los pobres y parar el creciente aumento de pobreza en nuestro país.

Debe integrar a todos y a todas, cualquiera que sea su ideología, su condición social, personal o racial, respetando igualmente las diferentes opciones religiosas, a sus fieles y a sus instituciones. Porque hay un alto porcentaje de ciudadanos que se conforman con su vida temporal y otros a los que su dimensión sobrenatural es la que les sostiene. Sin desprecio a la libertad humana que nos permite pensar y decidir sin coacción, dentro del respeto al orden que garantice la convivencia.

Debe sostener los valores fundamentales entre los que se encuentran la educación de nuestras futuras generaciones en un clima de absoluta libertad. Pues no hay nada más denigrante que tratar de cercenar la libertad de los seres humanos desde la niñez dirigiendo su manera de pensar. Evitando los centros de adoctrinamiento que traen tan malas consecuencias cuando no se educa en la igualdad, en el sentido patriótico, en el respeto a los bienes ajenos, en el estudio y la formación de la personalidad, en el amor por la cultura, en el respeto al prójimo, etc. Una buena ley de educación exige un consenso de todos, porque el cambio continuo de leyes de educación parece que persigue más lo primero que lo verdaderamente educativo.

Debe tener personas al frente que sean capaces de crear y generar riquezas y no sólo de consumir las que tenemos para beneficio de los ciudadanos. Conocer y mantener relaciones con quienes pueden acercarse a nuestro pueblo para crear riquezas, facilitando que se instalen en nuestra tierra.

Debe velar, en el sentido de sostener y no de cegar, por unas instituciones públicas que ayuden y faciliten la vida del ciudadano, en lugar de poner cada vez más trabas para hacer cosas legalmente. Poniendo al servicio de los ciudadanos instrumentos de representación y defensa de sus derechos, hoy vulnerados por grandes multinacionales que cuentan con servicios jurídicos propios ante los cuales no se puede combatir y que violan continuamente nuestras libertades.

Debe cuidar el medio ambiente, manteniendo el orden y la limpieza en nuestras zonas urbanas y rurales, facilitando y promocionando la movilidad con los medios de transporte menos contaminantes.

Garantizar un sistema de salud que mantenga un nivel de calidad física y mental de las personas, evitando las grandes colas de espera o la arbitrariedad en la aplicación de protocolos.

Podríamos seguir ampliando la lista de todo aquello que esperamos de nuestros políticos y futuros gobernantes, pero sin olvidar que la casa se construye desde sus cimientos y no hay remate de tejado que se sostenga sobre una falsa cimentación, por bonito que aquel sea. Funcionaría como cebo y pronto se derrumbaría el edificio.

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