LA NECESIDAD DE PROTOCOLOS PARA LA DESESCALADA.

0
445

El confinamiento significa que se sigue valorando más la vida que ninguna otra cosa; si no, no se paralizaría la actividad de todo un país. Y, si se valora tanto la vida, ¿por qué a veces no se respetan las normas? ¿Acaso no se ha transmitido bien que la vida está en juego o es que no hay normas claras o hemos perdido el sentido de la responsabilidad para acatarlas…?

El Estado no debe ser el único garante de nuestras vidas, ni deberíamos actuar sólo por obligación, porque gozamos de una libertad natural que nos permite actuar con responsabilidad, sin necesidad de llevar una doble vida. La libertad responsable debe ser coherente.

Valoraríamos poco nuestra libertad si no fuésemos responsables. Seríamos esclavos del capricho, de la pasión;  y lo peor, nos haríamos esclavos del capricho, de la pasión o de la ideología de otros que tampoco viven en libertad. Si sólo actuásemos bajo presión o por obligación, sería mala señal. Los países no los levantan las pasiones ni las ideologías. Los levantan la disciplina y el trabajo que cada uno se impone desde un profundo convencimiento, como defensa real y efectiva de aquello en lo que cree.

El problema es que al final nos regimos por normas que cumplimos, la mayoría de las veces, por obligación y no tanto por convicción. Y para que funcionen medio bien,  éstas deben ser claras y estar bien definidas, además de tener carácter obligatorio cuando la vida está en juego.

También es importante que quien dicta dichas normas inspire confianza. Ésta depende mucho de la autoridad que cada uno representa, no de la que muchas veces se  ejerce. De ahí la importancia de la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace para ganar autoridad y dar confianza.

Es difícil convencer a la gente si no se habla desde la propia convicción, o bien se tiene que tirar de engaño. Lo primero exige amor a la verdad. Lo segundo es la esencia del populismo.

El confinamiento es una norma clara y obligatoria, pero ¿es una apuesta por la vida o un precio político?

Si lo es por la vida, deberíamos transmitirlo así a todo el mundo, porque una sola vida es un alto precio a pagar. Una sola vida se lamenta cada vez que se pierde y no se puede reemplazar por el número que suma en una estadística.

Si es un precio político, no hay beneficio que justifique la pérdida de una sola vida. Mucho menos las de más de 25 mil españoles y  las más de 200 mil repartidas por el mundo.

Sería mejor que cuanto antes encuentren soluciones a todos los niveles. Luego habrá que poner el mismo empeño que con el confinamiento para establecer los reclamados protocolos, si de verdad prioriza la defensa de la vida y de la nación.

Logren  los responsables políticos, que gestionan esta trágica realidad, cuando menos y a la mayor brevedad, restablecer el orden perdido. Es lo único que cerraría heridas y suavizaría el dolor.

La definición y exigencia de las normas son fundamentales para salir a la calle con la garantía de no ser contagiados y no contagiar a los demás. Porque el virus no se ha mudado, ni ha desaparecido. Sigue ahí y mantiene el mismo poder de contagio.

La desescalada es posible, siempre que se concreten las medidas a seguir y sean viables. Pero es difícil concretar normas si no se define bien la realidad y no se reconocen los errores. Quien no los reconoce, corre el riesgo de reincidir en ellos, además de no respetar el dolor de las personas que están sufriendo las consecuencias de los mismos.

La falta de protocolos concretos es mentir y peligroso, porque induce a error. Podemos estar caminando en sentido contrario y sólo detectarlo cuando sea tarde.

Me temo que a veces no se concretan las medidas porque puedan tener un coste político. Pero hay que dar la cara y decir la verdad, aunque no sea popular hacerlo, sobre todo en las actuales circunstancias. Las vidas de los fallecidos lo merecen y las de los que quedamos vivos también.

Publicidad

Dejar respuesta

Deje su comentario
Por favor ponga aquí su nombre